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329 visitas Octubre 02 de 2018 08:00



El sainete de las redes sociales


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© Pxhere


La periodista Magda Páez reflexiona sobre el valor que han tenido las redes sociales como escenario de información, pero también de degradación y desinformación que el mal uso de estás están generando.






Vivimos alquilados en un mundo que tiene tanto de soledad, como de afán de reconocimiento. El universo de doble filo de las redes sociales se ha convertido en el ruedo perfecto para tanto anónimo que anda por la Tierra intentando poner a sonar su nombre, cómo sea: al valor que le toque.

		  

Una de las cunetas más antipáticas del mundo virtual es, sin duda, Twitter. Allí se ven todos los excesos, los vacíos y lo peor del corazón humano. Lo digo no sólo por quienes andan cazando peleas y lanzando amenazas a diestra y siniestra -muchas como meros pataleos para atraer la fama- sino también por todos aquellos que circulan revelando intimidades, que van desde el historial de restaurantes que visitaron y la comida que compraron (en el menor de los problemas), hasta los gustos sexuales y la lencería que usan.

		  

Algo más condenable aún, el "club" de los ladrones intelectuales, que nunca aprendieron el uso de las comillas y, sin sonrojarse, plagian no solo a los grandes escritores y pensadores, también al colega, al amigo o al desconocido. Está, además, el grupo de quienes destilan odio y se escudan en el anonimato para herir, hacer daño, destruir. ¡Nos encontramos en el peor nivel de decadencia de la humanidad!, acudimos a un acto en el que a nadie le importa el dolor ajeno. Nos convertimos en seres insensibles, inertes, robotizados, cuyo único objetivo es llenar las necesidades o carencias propias, aunque ello obligue a empeñar los principios o atropellar al otro.

		  

Aclaro, no se trata de mojigatería, sino de desencanto, de tristeza, frente a una sociedad que perdió los límites, las dimensiones... y confundió la esfera privada con la pública. Que olvidó la dignidad del otro. Que suprimió la palabra respeto de su gramática y su léxico. ¡Todo por unas cuantas monedas, por un gramo o algún kilo de reconocimiento! Nos volvimos mendigos del aplauso ajeno.

		  

¡Claro que uso las redes sociales!, y confieso que también me he desbordado al compartir vivencias, exceso que he pagado caro, pues estamos ante un tribunal de jueces y testigos que fiscalizan nuestras vidas, porque nosotros inconscientemente -o tal vez, con plena conciencia- les otorgamos ese poder.

		  

Después tenemos que afrontar el desafío de encarar cambios, de recomenzar, y hasta de aislarnos, frente al monitoreo vil e incansable de pseudoamigos o seguidores. Ya ni siquiera tenemos la licencia de “perdonar ilusiones” en privado. Las penas, los dolores y las tristezas se nos multiplican, porque nos toca encarar dos mundos. Es más, algunos se creen con el derecho de repasar y acomodar a su antojo nuestras historias. Mejor dicho, les regalamos un boleto de primera fila para que se inmiscuyan en nuestras dichas y en nuestras desgracias. ¡Qué difíciles se volvieron los adioses! ¡Qué largos se volvieron los duelos! ¡Cuán gaseosas resultan hoy algunas amistades! ¡Cuánto público nos escruta en la salud, en la enfermedad, en las mieles y en el dolor!

		  

Reconozco el valor que han tenido las redes sociales como escenario de información, pero también de degradación, de desinformación -hay que decirlo-. Estamos inmersos en un universo en el que ya no distinguimos entre realidades virtuales y realidades “reales”. Vivimos en un cielo, donde en lugar de nubes hay pantano. Mensajes venenosos, desgarbados, superfluos y hasta explosivos. Mejor dicho, minas antipersonas, antifamilias, antisociedades, anticulturas... Si no hacemos el esfuerzo de pararnos en la raya, vamos a irnos todos al traste un día cualquiera.

		  

Me gusta debatir, opinar y discutir sobre las realidades políticas nacionales y mundiales, me gusta leer las posiciones contrarias, cuando se expresan con respeto. Me gusta compartir un momento feliz, con seguidores y amigos; y por qué no, de vez en cuando un desahogo, o una frase inspiradora, o algún osado escrito de mi autoría; pero tengo días de desazón en los que no sé si escapar de este lodazal virtual o quedarme a presenciar la debacle. Lo peor, es que la coyuntura parece empujarnos a permanecer contemplando este sainete, pues retirarse es casi que someterse al exilio profesional, o a la desinformación (paradójicamente), aunque nos toque sacar un colador a la hora de revisar noticias y actualizaciones.

		  

Por ahora, apelo a la resignación moderada. No hay remedio descubierto. Así que continúo navegando en estas aguas turbulentas, sacando la cabeza por momentos, o usando un tapabocas que me ayude a no tragarme tanto smog de figurines que, a cualquier precio, pretenden construir una vida irreal, que les permita escapar de ese mundo en el que no se hallan ni se identifican como individuos, en el que el anonimato se volvió un pecado. La consigna es publicar, lo que sea, como sea, sin buena letra, pero constante. ¡Bienvenidos todos al reino de la insensatez, de la generación perdida, salvo algunas excepciones! Bravo por los que asumen el reto de aportar debates de altura y trascienden el afán de popularidad. ¡Bravo también por quienes censuran, con la indiferencia, a los desesperados y banales cazadores de likes!

		  

No es que quiera yo -ni más faltaba- posar de intelectual o mojigata. Simplemente, creo que debemos ver la vida en sus justas proporciones, e intentar cerrar los ojos ante tanto esperpento convencido de que al mundo le importan sus intimidades. ¡Ah, océano de banalidades! Tal vez a punta de atarraya, de filtros, de carácter, logremos pasar inmunes por este mar repleto de aguamalas, que se duermen pensando en cuántos comentarios ganó su “inspirador” apunte o se desvelan por horas, armando piezas de rompecabezas ajenos, como un claro y deplorable

		  
		  




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Magda Páez Torres
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